junio 02, 2012

El hombre del tejado

Era algo así como diciembre. Lolita, mi bisabuela, y yo veíamos la televisión. En aquellos momentos, mis padres me dejaron al cuidado de Lolita después de cenar. Luego de esa hora, tocaba noticiero. En mi corta visión de niño trataba de entender qué era el revoloteo que mostraban en las noticias: Habían dado muerte a la persona más mala en toda Colombia.
Mi abuelita también trataba de buscar explicación a las imágenes que se sucedían una tras otra en el tejado de una ciudad muy lejana a la mía. Al parecer, cual caco, huía sobre los techos de las casas cuando los buenos policías le dieron de baja. Ella me preguntó qué pasaría después. Yo le explicaba, como si fuese experto, que una vez muerto ese señor se acabaría la violencia en Colombia.
Pasó el tiempo y en mitad de una remodelación de mi hogar encontré una edición especial de una revista con la fotografía de aquél hombre muerto en un tejado. Mostraba su rostro: Barbudo, lleno de sangre, con los ojos cerrados. Absorto contemplé aquella imagen mucho tiempo.
Conocí la historia de aquél personaje. El pueblo en el que me crié se alborotó de una manera sin par cuando un sacerdote, mediador entre el barbudo y el gobierno de turno, fue allí de visita. Se temía por su seguridad. Esa visita cautivó mi atención. Era un niño. Leí y pregunté lo que pude. Aquel señor era malo.
Ese hombre hizo mella en la vida de mi país. Lo laceró de tal modo que hoy nos preguntamos qué pasó para que eso nos ocurriera. ¿Qué salió mal? Quizá, eso tenía que pasarnos para crecer como país...
Mi vaticinio para el fin de la violencia no fue tal. Hoy Colombia sigue desangrándose. Tal como ocurrió cuando los colombianos sufrían de daltonismo y daban fin a aquél que vieran rojo o azul según fuese la dolencia del atacante. Nos puede la intolerancia. Aquello que era excepción, hoy es normal.
***
Una productora de televisión ha lanzado la historia de aquél hombre del tejado. Nada mejor que estudiar nuestra historia para no repetirla.
Sin embargo, hacen falta tantos valores. Nuestra juventud está tan falta de educación y formación que aquello que repudiamos por causar tanto dolor, hoy puede ser un "ejemplo a seguir". Todo porque ese hombre no se dejó de nada ni de nadie.
Mis temores se confirmaron al ver en una tienda de ropa una camiseta estampada con su fotografía. Estupor.

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