junio 12, 2010

Paralelismo

Y así me quedé. Vacío. Con la mirada en tierra. Tratando de encontrar un porqué al sabor amargo que se quedaba en mi boca. Tratando de comprender algo que en ese momento era mucho más grande que yo. Derrota.
Será que mi arma no funcionó? Será que no la supe operar? Será que me quedó grande la responsabilidad que asumí?
De tanto divagar, la pregunta sufrió una transformación. Ya no era porqué. Para qué?
Para qué pelée? Para qué me expuse al impávido sol? Para qué recorrí esa distancia?
Apareció el motivo... Y aunque me pareció grande, y más que un honor lo consideré un deber. Para defender aquello en lo que creo. En lo que siento.
Aquella tórrida mañana tomé rumbo al lugar donde encararía mi destino. Me encomendé con devoción absoluta que el futuro podía ser mejor. En mi cerebro, sólo persistía aquella idea. La sostuve con tanto ahínco y tanto fervor que mi convencimiento fue mucho mayor.
Y marché...

Cuando llegué al lugar, noté que reinaba cierta confusión. Pensé que era normal. Después de todo, era la primera vez que veía tanto movimiento. Filas de gentes que como yo, pensé en mi ingenuidad, venían a buscar lo mismo.
Busqué mi posición en la lucha tan rápidamente como recibí aquel no tan lejano día la notificación en la que me informaban que tenía que combatir. Lo asumí. Tenía que hacerlo.
Hábil como fui con los números, la encontré. Entregué mis pertenencias para que mi identidad fuese comprobada en caso de una baja. La posibilidad era latente aunque distante, pensé en mi temprana ingenuidad. A cambio de ellas, me fueron asignadas mis provisiones. Era el tiempo de pelear.
Ese día, marcado en mi calendario como estaba, aunque convencido también estaba prevenido. Había escuchado rumores que decían que el enemigo se había infiltrado en nuestras filas. Que era capaz de persuadir mentes para hacerlas cambiar de bando. Ofreciendo beneficios. Coartando libertades. Comprando conciencias.
Sabiendo los rasgos inherentes de tan despiadado ser, no cabía en mi mente que pudiera existir alguien así. Pero contradiciéndome, sabía que existía y sin embargo me preguntaba cómo esto podía ser posible.
Acaso no somos mentes libres? No tenemos los ojos abiertos para darnos cuenta todo lo que había hecho?
Era la naturaleza del enemigo la que me había hecho creer que era posible vencerle. Era la naturaleza de mis compañeros de jornada la que me daba la firme convicción de que podía marchar a casa satisfecho del deber cumplido.
Entre otros rumores, escuché que el enemigo había manipulado las herramientas de combate para hacer creer a quienes las portaban que además de ser efectivas, funcionaban a la perfección.
Así pues, tomé la bayoneta que me fue asignada. Puntiaguda, revisé su filo. Sin mayores reparos comprobé que funcionaba correctamente. Las bayonetas que se entregaban tenían una característica bastante peculiar y es que sólo estaban cargadas con un disparo.
Un disparo. Un tiro. Sólo un tiro. La diferencia la marcaba sólo eso. Nada más. Era suficiente pero, a su vez, era necesario disparar con la mayor precisión. La probabilidad de acierto era del diez por ciento. Una cifra que no debía despreciarse pues, cuantificaba el peso de mi responsabilidad.
Anónimo me puse al frente. Un único proyectil y en mi mente la convicción de hacer lo correcto. Apreté la bayoneta y, con toda la fuerza que podía emitir mi corazón, disparé. No cerré los ojos, pero al entrar mi corazón al juego, inició una lucha interna en mí sobre cuál era el sitio indicado para apuntar. Absurda confrontación, pues el disparo ya se había efectuado. Lo que sea, que fuere!
Salí de la escaramuza no sin que antes me fueran devueltas mis pertenencias a cambio de mis provisiones. La bayoneta debía ser recargada para que otro pudiera hacer su disparo. Así fuera yo el siguiente objetivo.
Me marché del lugar sabiéndome valiente, más no vencedor. Nunca gusté de cantar odas de victoria antes que el reloj marcase el tiempo correcto. Después habría tiempo para escuchar los partes del resultado.
Valiente me reconocí por haber tenido la disposición de afrontar mi destino. No cualquiera es capaz de gastar esa única bala por defender sus banderas. Sus ideales. Su destino.
Así, con ese sentimiento forjado, me alimenté y tomé mi siesta. Ilusionado pero ansioso. Pronto la verdad sería revelada. Y como tal debía ser aceptada, por dulce o amarga que fuese.
Uno a uno fueron llegando los reportes del resultado final. Mis ojos no daban crédito a lo que veían ni mis oídos a lo que escuchaban. Finalmente, el resultado final fue que no lo hubo. Las cosas seguían en su lugar.
La mirada seguía en tierra y cariacontecido me retiré, supuestamente, a descansar. Pero nunca se descansa, con una duda rondando cual espectro en cementerio olvidado.
Dicen, que la esperanza es lo último que se pierde... Pero la frustración es más grande que yo. Y aunque los optimistas y positivos crean que mi relato estropea su pensamiento y aunque exista la posibilidad de disparar una segunda bala, no pido comprensión pues siempre es duro pelear una guerra. Pero es más duro saber que al que te enfrentas no es más que aquél que llamaste vecino, o llamaste amigo, o llamaste hermano. Sólo por el hecho, ahora triste para mi, de que cada cabeza es un mundo.

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